El hijo o la hija de una familia acomodada que salía transgresora y se hacía comunista, socialista o hippie por irritar, pronto encontró en la política y la intelectualité un lugar privilegiado pasando a la elite sin haberse gastado antes en luchas intestinas de base en el sindicato o en las villas miseria. Por sus transversales contactos conseguían publicar, gozar de puestos en la administración y universidades y además tenían acceso a los mass media y apoyo financiero para sus campañas, relegando a los de base al ostracismo.
Gentes que se constituían en la izquierda del buen vivir en barrios de clase alta, comidas en restaurantes de postín, y con los hijos matriculados en carísimos colegios privados.
Éstos eran pudientes de familia y aunque en las papeletas de las elecciones figuraban como genuinos representantes y portavoces de la clase obrera mantenían sus modales cursis y servían al mantenimiento del statu quo.
Recientemente y con el retorno a la democracia, en el teatro de la pantomima progresista irrumpieron personajes miserables de alma y fortuna que remedaron a los acomodados de izquierda y desde la más grosera farsa se hicieron con las riendas políticas en nombre del socialismo democrático, sin hacer ascos a cualquier oportunidad de llenarse los bolsillos. Así hicieron la primera gran transformación de la progresía izquierdista, el cambio de las famosas tres “C” (casa, coche, compañera), llegando uno bien conocido a ser el secretario personal del mexicano más rico del mundo.