Resulta esencial convocar cada comienzo de curso escolar una mesa sobre la enseñanza con representación de los tres pilares fundamentales de la educación: alumnos, profesorado y familias.
Las grandes crisis económicas como la que estamos padeciendo son proclives a centrar la atención en las dotaciones presupuestarias y en potenciales recortes, olvidando que la calidad de la enseñanza no es tanto una cuestión de medios sino de vocación y voluntad: siempre acaba por contar más la actitud que las aptitudes. El profesorado debe estar motivado y dispuesto a ejercer su función con la mejor disposición a enseñar, pero ¿cómo hacerlo inmerso en un ambiente hostil, ante alumnos que manifiestan abiertamente su aburrimiento en clase y sin un mínimo apoyo por parte de los padres de los jóvenes? Nuestra sociedad está malcriando descaradamente a muchos adolescentes, cuya única meta parece consistir en la diversión por el camino más cómodo y fácil, lo que fomentamos mediante una permisividad irresponsable que conlleva la inapetencia por el aprendizaje. La desidia de unos padres poco entregados que, con frecuencia, inculcan a sus hijos unos valores falsos, contrarios al crecimiento de la dignidad personal y, además, les enseñan a burlarse del trabajo serio y del esfuerzo, nos llevará a un futuro poco halagüeño en el que la excelencia profesional brillará por su ausencia. Otros países, de acuerdo con los informes PISA, con similares problemas y menos medios obtienen mejores resultados. ¿Dónde reside la diferencia? Quizá en que por estas tierras estamos demasiado empecinados en ensalzar la astucia, la trampa y el engaño,para superar un examen y para triunfar en la sociedad y en la vida profesional. Siempre con el mínimo esfuerzo.

CARMEN Bandrés/www.elperiodicodearagon.com